Munich: pasear por la ciudad de la cerveza

El duque Guillermo IV de Baviera promulgó el 23 de abril de 1526 la ‘ley de pureza’, base de la elaboración de la cerveza hasta que la Unión Europea aboliera el dictamen en 1986. Obligaba a que el productor de esta bebida centrase su elaboración en tres ingredientes: agua, lúpulo y malta de cebada. De esta manera favorecía el monopolio que el aristócrata tenía sobre el comercio de la cebada y marcó, sin pretenderlo, una tradición distintiva con el resto de países productores del producto fermentado.

Hoy, en Munich, se continúa elaborando la cerveza siguiendo esta receta, reconocida como una garantía de calidad en la que los aditivos químicos brillan por su ausencia, aunque tiene que competir con un abundante abanico de marcas. Entre ellas, la más popular de baja fermentación – la helles- y por contraste, la Weibbier.

Todo lo que corre por las calles de la capital del estado de Baviera no es alcohol y salchicha. Heinrich Heine definió la ciudad muy certeramente con esta frase: “Entre el arte y la cerveza, Múnich es como un pueblo acampado entre colinas”. Fruto de esta paradójica mezcla resulta la convivencia de las mejores galerías de arte de Alemania con el festival Oktoberfest, que lleva homenajeando en Theresienwiese a la cerveza desde 1810.

Esta poliédrica naturaleza repercute en el tipo de visitante que acude a la localidad, con el tercer mayor número de habitantes del país, y que tiene a su disposición bonos para el uso de trasportes urbanos, carriles bici y una red de hostales Munich para compensar el gasto que acarrea el descubrimiento de la ciudad bávara.

La distribución urbanística que hizo Theodor Fisher a finales del XIX mantiene su esencia a pesar de los bombardeos durantes la Segunda Guerra Mundial, y sus habitantes han logrado superar la masacre en los Juegos Olímpicos en 1972 y el haber sido utilizados por Hitler tras la Primera gran Guerra. De hecho, un estudio de 2009 considera el nivel de vida de la ciudad como el más saludable de todo el país, que ha aprovechado los restos de su pasado para evolucionar en la interculturalidad.

La visita del esplendor obliga al visitante a escoger al menos una representación de cada elemento de la ciudad. El recorrido por el Nymphenburg Palace nos mostrará la residencia de cinco generaciones de monarcas bávaros a las afueras de la ciudad.

Los parques y los jardines constituyen también una parte notable de la edificación urbana. Los lugareños, además, hacen uso de ellos y puede convertirse en un lugar muy agradable para descansar. El más recomendable es el Jardín Inglés al que podemos llegar en el autobús número 54.

Entre el gran número de edificios religiosos podemos destacar la catedral gótica de Nuestra Señora (Frauenkirche), St.-Johann-Nepomuk-Kirche, ejemplo del periodo rococó, Theatinerkirche, con la mayor influencia del sur germano y St. Peter. Ésta última puede convertirse en una experiencia maravillosa si tenemos las piernas fuertes para subir los 306 escalones y contemplar las vistas de la ciudad.

Al margen de la arquitectura, el arte antiguo y clásico llena las pinacotecas de la localidad. Si tenemos que elegir lo mejor sería que el resultado fuera haber conocido alguna de estas cuatro: Alte Pinakothek (13 €), Neue Pinakothek –siglos XVIII y XIX- (7€), la Pinakothek der Moderne –de artes gráficas- (1€ el domingo) y Lenbachhaus- colección de pintura- (5€). Estas colecciones hacen de Munich una ciudad capaz de rivalizar con cualquier ciudad europea por captar la atención cultural de sus visitantes, pero con alguna que otra ventaja.

Durante las guerras mundiales y la posterior división de Alemania, Munich recibió la presencia de un buen número de multinacionales que querían alejarse del centro del conflicto. La industria cinematográfica alemana, por ejemplo, tomó a la ciudad como sede para la mayoría de sus productoras.

Por este motivo, la evolución económica ha sido notable en la región; sin embargo, no ha quedado en un mero centro capitalista. El papel que ha jugado desde las guerras napoleónicas esta ciudad, alejada en el sur pero presente en todas las decisiones relevantes política y culturalmente la han dado un segundo plano en popularidad tras Berlín. Aún así se ha quedado con la estabilidad de una forma de vida de sus habitantes que mezcla la conciencia el tiempo en el que han vivido compaginado con un modo de evasión muy grato a través de su gastronomía.

Por: Sonia L. Baena

Sobre el autor: Sonia es una viajera independiente que, antes de trabajar como escritora para HostelBookers recorrió varios continentes descubriendo las maravillas de sus ciudades y pueblos. En su estancia en Alemania descubrió varios hostales y albergues de calidad y económicos donde alojarse.

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