Alfajores de dulce de leche

Esta es la receta para unos dulces tradicionales argentinos, los alfajores de dulce de leche.

Ingredientes:

250 gramos de harina

150 gramos de maicena

150 gramos de dulce de leche

100 gramos de manteca

2 huevos

1 cucharadita de polvo de hornear

Ralladura de limón

Coco rallado

Elaboración:

Extraemos las yemas de los huevos y las batimos junto con la manteca y el dulce de leche. Agregamos la maicena, la harina y el polvo de hornear. Se añade la ralladura de limón.

Se irá formando una masa lisa, la cual dejaremos reposar por unos minutos. Seguidamente la estiramos, dejándole al menos 1 centímetro de espesor y con un cortador de pasta redondeado iremos creando las tapitas para alfajor.

Se colocan en una base con manteca y harina y se hornea entre 10 y 15 minutos. Cuando estén listos, se van agarrando las tapitas y entre ellas se coloca con cuidado el dulce de leche. Una vez montadas, se la hace rodar sobre el coco rallado para que este se pegue a ellas.

La Historia Oficial (1985)

La Historia Oficial es una de esas películas que la ves luego de veinte años y continúa causando el mismo intenso impacto humano. Un filme que recibió el primer Oscar a película extranjera de habla hispana, un clásico del cine argentino, dotada de un increíble realismo y pragmatismo al presentar un áspero punto de vista de la lamentable historia de los niños desaparecidos durante la dictadura militar.

La historia no se centra en la típica víctima “oficial”. No es la niña desaparecida la protagonista de la trama, sino su madre adoptiva: Alicia Marnet de Ibáñez.  Ella, quien es irónicamente una profesora de historia de un instituto universitario, será la heroína que se preocupará por corroborar los hechos históricos y cuestionarse la identidad de su propia adorada hija Gaby.

Quizás lo mejor logrado de la película es el control del devenir de la verdad solo a través del punto de vista de Alicia, magistralmente interpretado por Norma Aleandro.  Alicia es una mujer dócil e ingenua, que vive feliz con un esposo aparentemente perfecto. El amor por su hija es irreprochable e incuestionable. Alicia se desvive por Gaby como lo haría quizás su verdadera madre. Sin embargo, un día, a raíz de una conversación intensa con una amiga, surge el cargo de consciencia de su propia culpabilidad al permanecer siempre callada y pasiva ante los hechos.  Es entonces que de la mano de Alicia, a través de su búsqueda de la identidad de Gaby, el espectador descubre una realidad familiar y matrimonial totalmente opuesta a la inicial. A pesar de conocer claramente la historia oficial de los hechos, no deja de tomarnos por sorpresa la revelación de los mismos.

Cabe resaltar en esta transformación o desnudo de la verdadera naturaleza de los personajes, la brillante e impecable actuación del esposo Roberto, interpretado por Héctor Alterio.  Es tan intensa su actuación, tan devastadora, que en las escenas con Norma Leandro tenemos la sensación que es él el personaje protagónico de la historia. Un personaje lleno de matices humanos, un hombre creíble en sus defectos y errores, que a pesar de ser el ogro, no deja de inspirar cierta lástima en el espectador, alcanzo a decir incluso, como otra víctima de los hechos.

La Historia Oficial está llena también de simbolismos, alegorías, tanto visuales como auditivas. La niña Gaby por ejemplo no deja nunca de cantar la canción infantil “En el país de Nomeacuerdo”, y la letra que al inicio se descubre tras los balbuceos inconclusos de su voz infantil,  se vuelve una daga lacerante de denuncia sobre la amnesia colectiva de la realidad argentina.

Galardona por el Oscar, quizás a causa de uno de esos ataques de mala conciencia o incorrección política (o ambas cosas) que a veces asaltan a la Academia Hollywoodiense, La historia oficial es cine en carne viva, una de esas películas cuya contemplación siempre enriquece a todo aquel que a ella se acerca.

Cautiva (2003)

A pesar de que Cautiva es una producción cinematográfica del 2003, comparte una trama muy similar a la reconocida y galardonada película argentina, La historia oficial de 1985. Sin embargo Cautiva presenta una singular diferencia: la hija de padres desaparecidos no tiene 5 años, sino 15, y en contraste con La Historia Oficial, no se enfoca en el sentir o padecer de sus padres adoptivos, sino en la búsqueda interna de la hija Cristina Quadri (Bárbara Lombardi), quien ahora es lo suficiente madura para reflexionar y opinar ante su caótica situación familiar con su identidad robada.

A pesar de que la película ha dividido a la crítica, algunos halagándola, pero otros considerándola sentimentalista, lenta o tediosa, es realmente remarcable la dirección de la trayectoria dramática, la talentosa manera en que el director logra que el espectador ingenuamente se identifique al inicio con el punto de vista parcial de Cristina, quien comienza por odiar y repudiar al juez y a la supuesta abuela “real”, a esos personajes antagónicos que la separan de sus padres “irreales”. Se vuelve inevitable presenciar la película bajo un cuestionamiento de valores sociales, con una tensión constante de lo que es justo, de la relativa felicidad: si es encontrar la verdad, o seguir viviendo la mentira.

Por este control del guión y de su punto de vista, creo que el director Gastón Biraben merece un válido reconocimiento.  Quizás por ello la película ha ganado el premio FRIPRESCI de Toulouse, el Coral del Festival de la Habana, y el premio Horizonte de San Sebastián, entre otros.

Aunque posee una dirección de arte y vestuario naturalista, Cautiva nos atrapa en una atmósfera creíble, enriquecida por la estelar actuación de Bárbara Lombardi, quien caracteriza una adolescente callada, introvertida y meditabunda, pero que con sus silencios nos trasmite su desesperación, confusión e incertidumbre. Bárbara está apoyada también por la sobresaliente actuación del juez, Hugo Arana, el cual ganó un premio Condor por su actuación secundaria.

Si Cautiva sobrepasa la calidad de La Historia Oficial (ganadora del primer Oscar otorgado a una película de habla hispana de Latinoamérica) es aún cuestionable, pero sin embargo, bien podría decirse que se mantiene a su altura. Repetir una película que aborda nuevamente la conocida historia de los niños desaparecidos de las Abuelas de Mayo es un peligro dramatúrgico que podría caer en un discurso retórico social. No obstante, Cautiva realmente es una joya cinematográfica, digna de ser apreciada en su propia individualidad.

El aura (2005)

“El aura” es una película para quienes realmente les guste el cine. No se trata de acción gratuita ni de aberrantes efectos visuales. Es, simplemente, un buen filme para sentarse el sofá y disfrutar de su intriga. Después del éxito de “Nueve Reinas”, el director Fabián Bielinsky nos ofrece más metraje en que pensar. Eso sí, “El aura” es más relajada, más profunda y con un ritmo mucho más lento, sin caer en el aburrimiento, ya que la trama crece en intensidad a medida que pasan los minutos.

Su protagonista, Ricardo Darín –excelente actor argentino de películas como “El secreto de sus ojos” o “El mismo amor, la misma lluvia”- interpreta a un personaje extraño, de un triste pasado, melancólico, con una inseguridad sobre lo que le rodea y sobre sí mismo, aunque no tan apático para impedir que la trama permita sorpresas y giros interesantes, manteniendo el interés.

Lógicamente, no tratándose del cine comercial al que estamos acostumbrados, es mucho más difícil entrever el resultado de las acciones o incluso cuál será el desenlace y, por tanto, sorprendente. Eso es mérito de un guión excelente y una música y dirección de fotografía que se sitúan a su mismo nivel. Los personajes no son planos, sino que se muestran reales como la vida misma, complejos y llenos de detalles.

La monotonía del personaje principal se rompe con una invitación casual a una cacería de ciervos durante un fin de semana, catársis improvisada que desembocará en situaciones azarosas que lo empujarán a tomar acción, a agarrar las riendas y enfrentarse a las circunstancias, aun cuando pierda el control de los hechos.

En general, el clima de la película es inquietante y enrarecido, con violencia de extrema verosimilitud, inyectada por el realismo radical de este tipo de cine.

El mismo amor, la misma lluvia (2002)

Después de que Juan José Campanella ganase un Oscar en 2010 por “El secreto de sus ojos”, probablemente se haya generado interés en el resto de la filmografía del director argentino. Entre sus películas pasadas dignas de mención está “El mismo amor, la misma lluvia”, interpretada por los mismos protagonistas que le ayudaron a ganar la estatuilla: Ricardo Darín y Soledad Villamil.

La trama se desenvuelve, curiosamente de un modo similar a su oscarizada producción, durante dos décadas de la historia de Argentina, a través de momentos de fuertes cambios políticos en el país. Pero este no es un filme sobre politica, sino más bien un romance de encuentros y desencuentros entre Jorge Pellegrini (Darín) y Laura (Villamil), cuyas vidas se entrecruzan a lo largo del tiempo mostrando una rica evolución de los personajes. Ambos son retratados como jóvenes idealistas que, a medida que la madurez hace mella en ellos, se van convirtiendo en realista convencida en el caso de Laura, frente a un resignado Jorge cuyo prometedor futuro como escritor se ha transformado en un desagradable trabajo como crítico de cine y teatro de una revista que moldea su tendencia editorial en base a las embestidas provocadas por el cambio de época.

Cabe recalcar la magistral composición de las situaciones en que otros personajes secundarios se ven implicados, aportando realismo a la historia  y contribuyendo a construir un retrato fiel de los sentimientos derivados de los acontecimientos que se dan lugar en el país. Eduardo Blanco, quien repite aquí con Ricardo Darín tras el éxito de “El hijo de la novia”, película también de Campanella, muestra en esta ocasión un personaje apasionante, contradictorio, de múltiples matices.

Lo mejor de la película es sin duda el guión, con excelentes diálogos y situaciones de comedia. Campanella demuestra una vez más que puede hacerse una película romántica sin caer en los estereotipos básicos de este género.

El secreto de sus ojos

El secreto de sus ojos, una co-producción de España y Argentina, se alzó este año, entre muchos otros premios, con la codiciada estatuilla de los Oscar. Juan José Campanella, su director, se reúne con Ricardo Darín una vez más para lograr una película de impecable sello artístico. En esta ocasión, nos encontramos una vez más con el drama de la vida, con sucesos que se entremezclan en este thriller de suspense.

No obstante, Campanella no deja atrás sus pinceladas humorísticas en algunas partes del filme, respaldado también por la recién ganadora de un Goya, Soledad Villamil, quien ya protagonizara en el pasado “El mismo amor, la misma lluvia” junto a Darín.

La película, narrada en presente y pasado, entreteje la historia de un asesinato y los acontecimientos que se sucedieron después, dejando mella en la humanidad de los protagonistas que la vivieron. También le da, cómo no, tintes románticos por momentos, no de amores de novela sino con los pies en el suelo, de una realidad abrumadora.

El secreto de sus ojos se centra en la investigación de un funcionario de justicia tras el asesinato de una joven y bella profesora, con toda la carga emocional que a éste le implica. Entre la actualidad y lo pasado, el protagonista muestra una parte de su vida, de su vacío interior, una vitalidad yerma que se nutre de la necesidad de descubrir viejos traumas del otro tiempo. Como telón de fondo, descubrimos matices de la corrupción y negligencia de la justicia argentina durante los años de dictadura.

Una vez más, Darín y Villamil transmiten al público toda la tensión sexual de la cinta, con la extraordinaria participación de secundarios reaviviando los sucesos.

En definitiva, una película digna de ver con una interpretación magistral de sus protagonistas y la grandilocuencia típica de un director forjado en las aras de la realidad más contundente.