Salvados por la campana

El otro día tuve una de esas conversaciones esperpénticas en torno a la muerte y el temor de ciertas personas a ser enterrados vivos. Todos en la mesa parecimos estar de acuerdo en que, aún hoy en día, a muchos les aterra pensar en esta posibilidad.

De ahí surgió la curiosidad por conocer más sobre este tipo de situaciones y, más en concreto, si todavía existía en el presente la posibilidad de sufrir semejante destino. En apenas unos minutos encontré en Internet varios métodos para prevenirlo, sistemas reales, algunos patentados en el siglo XVIII.

El que más llamó mi atención fue el denominado “Ataúd de Seguridad de Taberger”, el cual tenía un sistema mediante el cual el fallecido era enterrado bajo tierra con una cuerda atada a la mano, cuyo extremo quedaba enganchado a una pequeña campana en la superficie. Así, si el desafortunado había sido enterrado en vida por error, podía avisar y ser rescatado de una muerte atroz. Es por ello que a este artilugio se le atribuye la conocida frase “Salvado por la campana”.

Si bien el ataúd con mecanismo de salvamento parece ser real, hay grandes dudas de que la frase en sí provenga de este invento. Más bien, es prácticamente seguro que tiene su origen en los combates de boxeo, donde los contendientes son salvados de la derrota por la campana que indica el final de un “round”.

Eso sí, la expresión “Salvado por la campana” sigue viniéndole como anillo al dedo al famoso ataúd. Yo, por si acaso, prefiero que me incineren.

La honestidad en estos días

Mi vida es caótica. De eso no hay duda. Tal vez por eso la semana pasada decidí que era el momento para contratar a una señora que me ayudara con las tareas domésticas, aunque sólo sea un par de días a la semana. Publiqué mi anuncio en el periódico y me sorprendió la cantidad de mujeres buscando trabajo. La crisis, sin duda.

Lo que me sorprendió es que existe una crisis más profunda que la económica: la de la honestidad. Al preguntar a todas y cada una de ellas si eran honestas, todas respondieron rápidamente que sí. En el momento de pedir más especificidad en sus respuestas -¿cuán honesta es usted del 1 al 10?- las hubo que fueron del 9 (alegando que nadie es 100% sincero todo el tiempo) hasta las que respondieron un 10.

Hubo una, en cambio, que con gracia y soltura afirmó que un 11. ¿Un 11? Eso sí es ser honesta. Finalmente me decidí por ella, no por esa respuesta en particular, sino por la suma de respuestas a otras preguntas. La señora, de unos cincuenta y pocos años, parecía trabajadora y, según pareció, nos entendimos bien.

Con la decisión a medio tomar, le enseñé la casa, le expliqué las tareas y hablamos más o menos del horario. Todo parecía perfecto. Entre una y otra cosa, se había hecho tarde y ella debía regresar en el autobús. ¿En autobús? No, no, no… señora, ¿cómo va a regresar usted en autobús a esta hora de la noche? Ella vive bastante lejos, pero me ofrecí amablemente a llevarla a su casa. Al llegar a la otra punta de la ciudad, casi una hora después, nos despedimos cordialmente.

Al día siguiente, cuando le llamé para confirmar que llegaría a casa, la señora no respondió al teléfono. La llamé varias veces y seguía sin responder. Estará en el cine -la excusé- pero no hay película que dure 6 horas. Ya resignada, decidí que ese día yo tendría que lavar mi ropa.

A la mañana siguiente mi teléfono sonó al recibir un mensaje: “Lo siento, pero no voy a poder tomar el trabajo.”

Ahí quedó la señora del 11 en honestidad. La próxima vez preguntaré cuál es su puntuación en ética.

Jugar a la guerra

Hace años, cuando las consolas de videojuegos se popularizaron, uno de los argumentos que esgrimían sus detractores era la constante violencia en determinados juegos. Soy de los que opinan que la educación comienza en casa, así que la exposición de los niños a situaciones violentas debe ser cuidadosamente controlada. Hoy, en cambio, me sorprendió encontrar un video que muestra cómo un grupo de adultos juegan literalmente a la guerra: emplean vestuario de camuflaje, réplicas de armas de asalto y técnicas militares. Los fines de semana -o cualquier otro día disponible- se reúnen en grupos y juegan a masacrarse con un realismo feroz. No hay mucho más que decir, ¿no?

Señores, no veo mal jugar de vez en cuando a Painball y dispararse con bolas de pintura pero, de ahí a recrear una batalla real… digamos que hay un gran trecho.

Correa para Correa

Supongo que todo tiene un límite, y hoy los ecuatorianos se sumaron al
Cuerpo de Policía Nacional de su país para protestar, unos por las
medidas específicas contra ellos, y la masa contra todo lo demás. En
este momento todavía no se ha resuelto nada y el presidente Rafael Correa permanece atrapado
en un hospital, flanqueado por las fuerzas armadas fieles al gobierno.
Lo que sí transluce de toda esta situación es que hay descontento en
Ecuador.

Menos químicos y más limpieza

Después de pasarme a la comida orgánica y apuntarme al gimnasio, sigo con mi investigación casi obsesiva por lograr llevar una vida más sana. El otro día, mientras compraba mis vegetales orgánicos, crucé por el pasillo de productos de limpieza y… ¡se hizo la luz! No tenía ni la menor idea de que existieran productos de limpieza sin tóxicos contaminantes.

Entre sorprendida (e ilusionada) me puse a rebuscar entre todos y decidí llevarme unos cuántos para probar. La marca por la que me decidí fue “7th Generation”, principalmente porque parece que tienen de todo: desde detergente para lavar los platos hasta spray para limpiar baños. Y todo -según alegan- libre de tóxicos.

Limpiar, les puedo decir que limpian. Ya desde el principio, mi gran sorpresa fue que son prácticamente inodoros, así que no van dejando una “fragancia química a rosas” como los otros que, al menos a mi, me dejan casi sin poder respirar.

Ahora, en cambio, todo queda limpito y sin dejar la casa apestando a cloro. Todo un avance. Sí señor.

Jugadas de ajedrez con derechos de autor

Encontré un video de un usuario que planteaba el debate sobre los derechos de autor de las jugadas de ajedrez, o incluso partidas completas de ajedrez.

De la misma manera que un cantante cobra derechos de autor cada vez que se realiza una reproducción de su obra, ¿porqué razón no puede ocurrir lo mismo para un jugador profesional de ajedrez?

Hablamos de partidas profesionales que son retransmitidas, pero, ahora pienso lo siguiente, ¿el establecimiento en que se celebran las partidas sería para el ajedrecista como la discográfica lo es para el cantante?… en este caso, los derechos de autor no recaerían exclusivamente en el jugador.

Yo me imagino a un jugador amateur que pasa unas horas en un camping con un colega jugando al ajedrez, cuando de pronto un tipo escondido detrás de un pino sale a la caza del jugador, cuan inspector de la SGAE, y mientras le pone la mano en el hombro le dice:

– Acaba usted de hacer la jugada típica de apertura “Caballo C3 de Kasterospov”. Si no demuestra que posee permiso de Kasterospov para utilizar su jugada he de proceder a aplicarle la correspondiente sanción.

A estas alturas resultaría inviable aplicar derechos de autor para las partidas de ajedrez, básicamente ya que dichas partidas están muy diseminadas y en cualquier caso, realmente resulta inviable.

Cuando es mejor decir adiós

Desgraciada o afortunadamente no todas las relaciones se hicieron para durar. ¿Por qué digo esto? Contrario a lo que la mayoría piensa, muchas relaciones se rompen simple y sencillamente porque es lo mejor para los dos.

Es innegable que hay parejas que inevitablemente son o con el tiempo llegan a ser nocivas entre sí. Con eso no me refiero a la conocidísima y fácilmente aplicable cláusula que vemos en la mayoría de los divorcios “Incompatibilidad de Caracteres”, porque honestamente me parece una estupidez que parejas que pasan juntos 10 años se divorcien a los 3 meses argumentando “no nos entendemos”… come on!

En este post solo quiero retratar a parejas que, lamentablemente conviven en un círculo vicioso, pensando que en determinado punto la pareja va a cambiar, aunque todos sabemos que a no ser que ocurra un mini milagro esto nunca sucederá.

Usted dirá: “es muy fácil juzgar de fuera” y honestamente sí que es más fácil. Pero usted que se siente infeliz con su relación póngase a pensar, ¿qué vale más? Seguir atado a algo que no tiene futuro (al menos no un futuro feliz) o simplemente quedar solo/a. Muchas parejas dicen: “no puedo dejar a mis hijos sin padre/madre”; esa es una excusa barata la verdad, porque aunque entiendo y comparto que se hagan todos los esfuerzos para mantener la familia unida, también entiendo que en una casa en donde haya gritos, violencia e infelicidad los niños sin lugar a dudas sufren aún más.

Así que, si este es su caso, mi consejo sería que converse con su compañero/a para ver si está dispuesto a trabajar en mejorar la relación; si es así, hagan el compromiso de tratarse mejor; traten en conjunto de conseguir ayuda profesional (es siempre mejor tener a alguien imparcial); también pueden hablar con algún amigo de confianza; etc. En síntesis hagan todo lo posible para salvar su relación. Pero si todo eso falla evalúe sus opciones y de acuerdo a sus conclusiones usted mismo sabrá si ha llegado el momento de decir adiós.

Los niños de rosa y las niñas de azul

Por si acaso alguien no se dio cuenta, ya estamos en el 2010. No lo digo por los aniversarios, no sé si es un año de celebraciones, sino por la evolución. ¿Todavía estamos con eso de que el rosita es para niñas y el azulito para los niños? Por esa regla de tres, a las niñas aún se les regala muñecas y a los niños carritos.

Hoy ví a mis sobrinos y la verdad es que me dejaron boquiabierta. Ellos tienen sus carritos de carreras, sus películas del espacio y sus muñecos de Power Rangers. Pero, pero, pero… también tienen su cocinita con vegetales, frutas, carnes, latitas de conservas y cajitas de cereales. Por supuesto acompañado de algunas sartenes y otros instrumentos de cocina. En definitiva, todo lo que antes se consideraba de niña. ¿Acaso no son hombres los mejores chefs del mundo?

Ah, y si les cuento lo del cubo y la escoba eso ya es para morirse. El mediano agarra un paño, el chiquito la escoba y el grande… bueno, el grande solo da instrucciones. Pero ahi van, entre los 3 apenas llegan a 6 pies y se ponen a jugar a limpiar la casa. Pues bien, ¿o no? ¡Cuántas mujeres se morirían por un hombre que les ayude en la casa!

Pero bueno, yo los adoro y adoro que los estén educando con la mentalidad abierta.

La tan sonada mezquita en la Zona Cero

Tan solo la idea de construir una mezquita cerca de la denominada Zona Cero ha desatado una gran polémica que se ha convertido, como era de esperarse en el “pan de cada día” en los medios de comunicación.

Cuando escuché la noticia por primera vez, realmente no le di demasiada importancia, ya saben… los medios se hacen eco de controversias para aumentar raitings (ya recordaran del tan sonado caso de los “Terror Babies” que ya tratare en otro post); pero a medida que fueron pasando los días me di cuenta que esto se ha convertido en una especie de “papa caliente” con la que al final sin duda algún grupo se quemara las manos.

Sin duda las dos partes parecen tener objetivos nobles, así que sin ánimos de emitir un juicio a la ligera, me decidí a escuchar los que más o menos planteaba cada grupo:

Los que se manifiestan en contra expresan su rechazo a lo que ellos consideran una falta de respeto a los familiares de las víctimas del los ataques terroristas del 9/11 por extremistas islámicos. Todos nos sentimos conmovidos por la ceremonia del pasado sábado en la cual salto a la vista el dolor que aun sienten las familias de las víctimas y el mismo pueblo americano. Hay que destacar que muchos de los restos mortales nunca pudieron ser recuperados; así que estamos hablando de una especia de campo santo para muchos.

Por su parte los que están a favor abrazan su derecho a la libertad de culto, lo que es totalmente valido. Explican que el Islam es una religión de paz que, como el Catolicismo en su momento ha sido la ideología abrazada por extremistas. Además, según lo expresado por algunos líderes Islámicos, si la construcción es cancelada, mandaría un mensaje errado al mundo (sobre todo a los países Islámicos) de que EEUU está en contra del Islam.

No obstante a la gran controversia y a que según encuestas, muchos americanos consideran inapropiado construir la mezquita, nadie quiere dar su brazo a torcer. El Imán Faisal Abdul Rauf dice que seguirá con sus planes de construcción y los familiares de las victimas dicen que no descansaran hasta impedirlo.

Yo personalmente pienso que la iniciativa no tiene nada de malo, pero considero que siendo los musulmanes como dicen, “practicantes de una religión de paz” podrían mostrar su gesto moviendo su edificio unas cuadras. Hay que entender que el 9/11 dejo una herida dolorosísima y aun fresca en los Estados Unidos, y aunque nunca he leído el Coran supongo no ha de ser muy diferente de la Biblia cuando asegura que “debemos amar al prójimo” y por tanto, si algún dolor podemos evitar al prójimo, ¿porque no hacerlo?

Esta es mi humilde opinión.

Gracias por la propina

Reconozco que al principio, el concepto de la propina en EE.UU. se me hizo extraño. Meseros, taxistas… ¿peluqueras? Una vez superado el trauma cultural que representa tener que dejar unos dólares de más por un servicio que el empleador debería pagar, ya sólo queda dejarse llevar.

No obstante, hay una cosa que todavía me provoca cierto estupor: la autopropina. No conformes con la cantidad que un cliente pudiera dar, algunos establecimientos consideran oportuno incluirla por defecto. Poco ético, poco o nada profesional y, sobre todo, absolutamente carente de tacto.

Ahora bien, si comparamos el servicio ofrecido en todos estos lugares donde se aceptan propinas, con establecimientos similares en otros países, la idea de “premiar” una buena atención ya no parece tan mala. Ha habido momentos, debo admitirlo, en que me habría gustado que en otros países se usara el recurso de la propina, aunque sólo fuera por no darla. Y es que a quién no le ha tocado un taxista maleducado, un mesero prepotente u otros tantos personajes desagradables.

La verdad es que, ahora, lo que me resulta más extraño cuando viajo a mi país es romper la inercia de dejar propina cuando recibo un buen servicio. Casi, yo diría, me siento culpable si no lo hago.